El mamut chiquitito

sábado 28 de abril de 2007

el espíritu de la sardina

Acabo de asistir a un acontecimiento que, antes de terminar de secarme las lágrimas, he querido retratar en un texto.
Como he estado toda la tarde tocándome el ombligo y tenía cargo de conciencia, me acababa de poner a estudiar comunicación escrita, pero unos continuos petardeos en el exterior me alertaron de que algo extraño estaba sucediendo ¿un atentado? ¿una demolición? Cogí mi cazadora y el bocadillo de lomo que nos habían dado de cenar en la residencia (como este puente nos hemos quedado cuatro gatos mal contados, ni siquiera se molestaron en procurarnos una cena en condiciones...), bajé las escaleras de tres en tres y al llegar fuera una neblina de humo entumecía la visibilidad y escocía los ojos. Seguí la estela del ruido, de la música y del humo con sabor a pólvora por el río, que me condujo a un puente donde todas las mañanas un señor amable me regala el 20 minutos. Suele ser un lugar muy transitado, pero hoy estaba atestado de gente, todos al borde de la barandilla ¿un suicidio colectivo? Empujé a varias personas para lograrme un sitio entre la muchedumbre, y constaté perplejo que tanta parafernalia era por la inauguración de un monumento en mitad del río a “la sardina”. Nunca he entendido bien eso de “la sardina”, cuando me explicaron eso del entierro de la sardina lo consideré simplemente un motivo para ponerse ciego; además, no se la entierra, se la incinera...
Pues cuando llegué, cuatro señores colgaban de una grúa con una sábana en la mano, supuse que acababan de descubrir “la sardina” a sus fans. Y digo fans porque justo en ese instante, un señor gordo y bajito gritó al lado de mi oreja “¡Viva la sardina!”, y el resto de asistentes vocearon al unísono un contundente “¡VIVA!”. Entonces una lluvia de colores que iba de abajo arriba bañó el cielo. Los fuegos artificiales danzaban en la noche con intermitentes estruendos que le iluminaban la cara a niños, adultos, ancianos y murcianos en general. Mi corazón también prendió en ese momento con el espíritu de “la sardina”, juro por Dios, la Virgen, San José, los reyes magos, el buey y la mula que jamás he visto semejante espectáculo pirotécnico. Allí, con mi bocadillo de lomo en la mano y soñando compartir este momento abrazando a la chica con la que últimamente me beso, me di cuenta de que una vida sin ilusiones no es una propiamente una vida, porque la ilusión es lo que mantiene viva a una persona.¡¡¡VIVA LA SARDINA Y LOS MURCIANOS!!!

1 comentarios:

J.D.Sánchez dijo...

Bonito relato. Es una pena no haber visto el resultado de ese enigma que día tras día me ha hecho preguntarme qué coño sucedía en mitad de ese "río" de Murcia. Tienes razón, hay que tener ilusiones en la vida, aunque a veces nos cuesta vislumbrarlas en medio de esa oscuridad a la que nos somete la vida. Disfruta de Murcia estos días, seguro que encuentras más cosas interesantes (una chica por ejemplo?. Un abrazo