El pueblo al que tengo el orgullo de pertenecer se llama Roquetas de Mar y pertenece a la provincia de Almería, situada en el sureste de España. El municipio es conocido por ser una zona turística atestada de lujosos hoteles, playas que contrastan el azul cristalino del mar con el ocre pardo de la arena y un clima admirable que resulta el centro de atención de visitantes extranjeros, aunando nacionalidades de toda índole en la concordia y el sosiego que este lugar rezuma.
Los lugareños de Roquetas somos conocidos como roqueteros, que, caracterizados por poseer un carácter sencillo, facilitamos la convivencia entre las distintas razas que coexisten.
El pueblo ha crecido en los últimos años atrayendo el interés de distintas personalidades y, poco a poco, ha nacido una plutocracia que se nutre del ocio de los visitantes para especular con la construcción de centros comerciales, auditorios, plazas de toros, acuarios, parques acuáticos, etc, en lugar de satisfacer las necesidades que demanda la población originaria, como sería la edificación de un hospital, una universidad, más institutos, y una larga lista que no conviene enumerar.Públicamente, aparte de todo el atractivo turístico, Roquetas de Mar es conocida por el problema que plantea la inmigración. No solamente adinerados alemanes, ingleses o franceses dibujan el carácter multirracial del pueblo, también inmigrantes africanos y moros cubriendo el rol de trabajadores, contribuyen con su sudor, en los famosos mares de plástico, al crecimiento económico del pueblo y de sus gobernantes.
sábado 24 de marzo de 2007
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